LAS MUJERES VISIBILIZADAS DEL MUNDO
RURAL
Como quienes me conocen ya saben, y quienes no me conocen enseguida intuirán, soy feminista, y no de las que comparten un poco la ideología pero no están del todo de acuerdo como Rosalía, si no de las otras, de las que hacen activismo, van a las manifestaciones, dan la cara en espacios públicos, y tratan de hacer lo que está en su mano para conseguir un mundo mejor para las que vendrán, e incluso para las que ya estamos.
Como buena feminista, y señora que ya se va acercando a una edad que la hace más sabia y menos idealista, hace mucho que dejé atrás el romanticismo de creer que la vida va a cambiar, y que lo van a ver mis ojos, y de pensar que será gracias a conceptos que mi amigo Iñigo ya me ha explicado que están obsoletos, como “la conciencia de clase”, o “la lucha obrera”. Así que hago lo que puedo, cuando puedo, porque muchas veces hay tanto que quiero hacer, que me canso antes siquiera de intentarlo. ¿Será por la menopausia que me deja muy cansada?, ¿o será por el desgaste de una vida de continuas confrontaciones en un entorno hostil para las mujeres?. Yo apostaría por lo segundo, pero quizás lo primero no me deje ver con claridad la realidad.
El caso es que últimamente me he crecido un poco. Puede ser que al fin hayan dado sus frutos tantos cursillos de la administración con innumerables coaches mostrándome que puedo empoderarme, o que harta de esperar a la segunda parte de esas formaciones en la que me expliquen de una vez cómo ocupar el espacio que me corresponde en cuestión de presencia política, haya decidido alzar mi voz y soltar mi discurso allá donde quiero, y es que al fin “parece”, y fíjense que aquí el parece va entrecomillado, que ahora da vergüenza no escuchar a las mujeres. Todo el mundo lleva unas cuantas en sus listas, a veces incluso las dejan ser cabeza de lista en lugares no demasiado grandes. Está de moda ser progresista, e inclusivo, y es necesario si quieres vivir de eso de la política, aunque ya sabemos que la realidad es otra, y nos sobran Ábalos y Errejones, y señores de derechas que están en la lista de Epstein, y “gracias” a todo esto, ahora se nos ve y se nos escucha, bueno, perdón, se nos oye, que escuchar implica voluntariedad, y tampoco es eso, no vayáis a pensar que me he crecido tanto que ya no discierno la realidad. Y es que, cuando una mujer se crece, enseguida viene alguien a ponerla en su sitio, y a recordarle que para la foto está bien, y es perfecta y necesaria, porque necesitamos visibilizar a las mujeres del mundo rural, pero de ahí a querer también poner el foco en lo que dicen, pues no. Y es aquí donde una horda enfurecida suele decirme (si es que se ha molestado en leerme o escucharme) que exagero, que ya hay mujeres políticas (cierto, y algunas excepcionales), que no vamos a la guerra (ni quienes me lo dicen tampoco), y un sinfín de machiruladas más, al más puro estilo de Pérez Reverte, que no pienso replicar aquí, pero si voy a argumentar por qué digo lo que digo, hoy que creo que habrá alguien que me escuche (gracias compañeras por vuestra atención), y es que en las últimas semanas me he encontrado con varios sucesos que me han bajado de nuevo a donde me había subido con tanta crecida.
El primero de ellos fue en una reunión que se hizo en torno a la tractorada de Bilbo en contra de Mercosur y visibilizando el descontento y la lucha de todas las personas que conformamos el sector, donde aporté mi visión sobre los pasos a dar ese día, y tuve que escuchar eso de “tú no sabes lo que cuesta conseguir los derechos” de cierto señor, que debió de olvidarse de que yo soy mujer, y que conquistar nuestros derechos es una lucha tan antigua como el sol.
Después, en la tractorada, me cansé de ver a hombres hablando con los medios y contando lo que nos movía ese día, pese a que también estábamos mujeres por allí, defendiendo lo nuestro mano a mano con nuestros compañeros, y en un momento dado, se hizo un pequeño alegato, con un precioso bertso, y alguien decidió que esa imagen no era nada inclusiva, ya que sobre el remolque del tractor desde donde se dio el discurso mediático, solo habían hombres, así que me pidieron que subiera, y lo hice, e internamente preparé unas palabras que decir sobre un ideario que ya tengo en mi cabeza, pero para mi sorpresa, fui una mujer florero, salí, aplaudí y sonreí, como si no fuera capaz o estuviera capacitada para dar mi opinión sobre lo que me atañe.
Un poco después, Lursail sacó su revista semestral, y para mi sorpresa, el post que escribí para el día de la mujer rural en este blog, salió entre sus páginas, con imagen y firma incluidas, y aquí podríais decirme que mi opinión si cuenta, y que no solo me oyen, si no que además me escuchan, pero claro, nadie me pidió permiso para publicar mi opinión, lo cual es un contrasentido en si mismo, ya que valoran la opinión de las mujeres del mundo rural y la visibilizan para que se note que existimos, pero a la hora de la verdad no les interesa lo suficiente mi opinión como para preguntarme si quiero publicarla en su revista.
Podría seguir así durante varias páginas, pero si ya es difícil que te lean siendo mujer, mejor no alargarlo mucho y no ponerlo muy difícil, no vaya a ser que alguien considere que es demasiado opinar por mi parte, y me tache de intensa a la hora de defender mis derechos. En cualquier caso, espero que todas tengáis un muy reivindicativo 8 de marzo donde visibilicéis el modo en que se nos instrumentaliza como cupo de paridad.
Lorea Momeñe. Integrante de ENBA
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